martes, 12 de mayo de 2015

Tratado "VIII" de El Lazarillo de Tormes


TRATADO VIII: Como Lázaro se asentó con un mesonero y de las cosas que con él pasó


Dos meses después, decidí dejar al Arcipreste y a su criada, ya que me costó entenderlo, pero comprendí que no podía estar con aquella mujer. Decidí irme cuando más me convenía. Por ello, un domingo, tras comer en casa del Arcipreste, me excusé un momento, cogí una pequeña bolsa de mi habitación con algo de comida y me fui de allí.

Escuché al pregonero del pueblo anunciando que había un barrio nuevo por donde yo antes vivía, en el que había nuevos talleres, mesones e, incluso, otra iglesia. Pensé dar un paseo por allí en busca de poder servir a un buen amo y tal fue mi buena suerte que así ocurrió. Di a parar en un mesón donde el mesonero era muy simpático, y, para hacer negocio, regalaba pequeñas muestras de aquello que allí servía. Me acerqué y le dije:
- Disculpe señor, veo que es nuevo por aquí, ¿necesita ayuda en el mesón?
A lo que él me dijo:
- Claro, me vendría muy bien tener alguien que sirviese las mesas. Pensaba poner algún anuncio. Pero al verte aquí, supongo que buscas trabajo, ¿no es cierto?
- Pues sí, me gustaría poder trabajar aquí.
<<Bendita mi suerte que al fin encuentro un oficio decente>> - pensé en ese momento. Pero no me ilusioné mucho ya que no sabía cómo iba a ir el negocio.

Mi trabajo consistía en servir y recoger las mesas de allí. A cambio, él me ofrecía su casa y un pequeño sueldo, pero aún así era más de lo que me esperaba. Con el dinero ahorrado de pocos meses, alquilé una pequeña casa, lo suficiente para poder vivir, ya que el mesonero tenía una familia y prefería no molestar en su casa. Al cabo de poco tiempo, el propietario de mi casa tuvo que irse a una ciudad bastante lejana. Como tenía que vender la casa, decidí comprársela. Le hice un gran favor a aquel hombre, ya que le faltaba dinero y era un señor mayor.

El mesón se hizo muy popular, y acudía a él gente de todos los pueblos de Salamanca. Gracias a ello, el amable mesonero me subió el sueldo y pude permitirme comprar ropa nueva, por lo que acudí a la sastrería más cercana. Tras salir de la tienda, decidí dar un paseo por la plaza central ya que tenía que comprar algo de comida. Para mi sorpresa, me encontré a mi madre. Tanto yo como ella nos alegramos de vernos después de tanto tiempo. Llevaba más de nueve años sin saber nada ella. La última vez que la vi fue cuando me encomendó al ciego.

Estuvimos hablando un largo rato, ya que teníamos muchas cosas que contarnos. Me contó que unas semanas atrás la habían echado de su trabajo y que vivía de lo que tenía ahorrado. Como su casa ya estaba muy deteriorada y tenía muchos años, le pregunté que si quería venirse a vivir conmigo, ya que yo tenía un trabajo más que decente en el que me pagaban muy bien. Además, su casa podía derrumbarse de un momento a otro. Ella aceptó encantada. Después de comprar en la plaza, nos fuimos a casa de mi madre, donde recogimos sus cosas, y, seguidamente, partimos hacia mi casa. Tras instalarse mi madre, fuimos al mesón donde le presenté Alfonso, el dueño. Él la recibió encantada. Hablamos un buen rato de mí, del tiempo que llevaba sin verme, del mesón, de cómo había sobrevivido…

Ya por la noche, todavía hablando de la artimaña que empleé para que el ciego se chocara contra aquel poste, me di cuenta, en ese preciso momento, entre las carcajadas de mi madre y Alfonso, de todo lo que había pasado hasta entonces y de quiénes me lo habían hecho pasar. Así, me di cuenta de que he aprendido mucho de la vida por enseñanza de otros y por experiencia propia. Creo que ningún noble podrá contar jamás tantas aventuras y desventuras como yo he padecido. No ha sido nada fácil llegar hasta donde yo he llegado: tener mi casa y mi trabajo cuando hace poco tiempo estaba compartiendo un trozo de pan con un falso escudero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario